MAX AUB: «SI YO ME HUBIERA LLAMADO JUAN FERNÁNDEZ,
QUÉ DISTINTA HABRÍA SIDO MI VIDA»
Juan Miguel López Merino




Max Aub Mohrenwitz, hijo de un representante comercial alemán y de una francesa perteneciente a la alta burguesía, nace en París en 1903, según parece en la misma casa en que lo hiciera Verlaine, la cual para más inri se encontraba junto al que fuera el domicilio de Heine. Durante su madurez estuvo convencido de contar entre su parentesco a Karl Marx.

Crece en un ambiente bilingüe (alemán con la familia y la sirvienta, francés en el colegio y en la calle), aprende tempranamente a leer con Los miserables de Víctor Hugo y desde los cinco años recibe una privilegiada educación en el prestigioso College Rollin. A los ocho años pasa las Navidades en Alemania y a los once sabe latín. Ya entonces es muy exquisito con la comida. Aunque sus progenitores son de ascendencia judía, en el hogar no se le inculca doctrina religiosa alguna; de hecho no tendrá noticia de su origen judío hasta alcanzada la mayoría de edad.

En 1914, en tanto su padre se encuentra haciendo negocios en Valencia, estalla la Primera Guerra Mundial. «De la noche a la mañana nos convertimos de amigos en enemigos [...]; mis tíos –los hermanos de mi madre– peleaban en el ejército francés; la familia de mi padre en las filas alemanas; otro tío mío, comandante casado con una hermana de mi madre, lo era del ejército austriaco.» Conocidos españoles del padre le aconsejan que no vuelva a Francia y meses después la familia Aub se instala en Valencia.

Allí prosigue su educación liberal y laica, empapándose rápidamente de las nuevas lengua y cultura. Un año después escribe su primer poema en español. «Nunca he podido escribir nada en otra lengua», afirmará; y también: «hablé mal y con peor acento». En 1920 acaba el bachillerato y opta libremente por la nacionalidad española: «se es de donde se hace el bachillerato», admitiría en cierta ocasión. Entonces se pone a trabajar en la empresa familiar –en contra de la voluntad del padre, que quería que estudiara derecho– como vendedor de «Bisutería Fina para Caballeros», tal y como figuraría durante muchos años en la cabecera de sus cartas. Esta dedicación comercial le permitirá viajar por todas las localidades importantes de Levante, Aragón, Cataluña y Almería y desarrollar un don de gentes valiosísimo durante el resto de su vida. Durante sus estancias en Barcelona comienza a hacer contactos en las tertulias. También empieza a escribir teatro experimental, entonces en boga.

En 1923 es testigo en Zaragoza de la sublevación de Primo de Rivera. Ese mismo año le toca la lotería y viaja por primera vez a Madrid, donde hace nuevos contactos, en especial con muchos de los escritores del 27. Poco después hace otro tanto de lo mismo en París, llegando a conocer a Joan Miró. Le llega la hora de hacer el servicio militar español y queda eximido por miope. Comienza a publicar poesía. Se casa con una valenciana; tendrán tres hijas. Se traslada con ellas a Madrid, nuevos contactos: Azaña, Negrín, Marañón, Valle-Inclán...

En 1929 se afilia al PSOE y se hace cargo del negocio de su padre, ampliándolo y viajando por casi toda España. Culturalmente es un vanguardista de primera línea; personalmente, entra en relación con nuevas e importantes personalidades como Gerardo Diego, Antonio Machado, Jorge Guillén; políticamente, actuará al servicio de la República cuando su partido lo reclame. En 1933 empieza a colaborar con la prensa madrileña. Viaja a la Unión Soviética para asistir a los Festivales de Teatro. Más contactos en Madrid: Ernest Hemingway y André Malraux.

Más años de bonanza. Desde diciembre del 36 hasta julio del 37 trabaja como agregado cultural de la Embajada española en París. Como subcomisionario de la Exposición Universal de París encarga, por orden del Gobierno Español, el Guernica a Pablo Picasso por un importe de 150.000 francos. Organiza el II Congreso de Intelectuales Antifascistas en Valencia y Madrid. En 1939 dirige con Malraux –por encargo del gobierno de la república– la película Sierra de Teruel.

Perdida la guerra, huye a París, donde permanece casi un año con su familia, escribiendo Campo Cerrado –primera parte de lo que será su ciclo de novelas «El laberinto mágico»– y tramitando su exilio a México. El gobierno colaboracionista de Petain empieza a meter en campos de concentración a todos los sospechosos de comunismo o judaísmo. En Aub todo resulta sospechoso: su apellido, su acento, su aspecto, su filiación socialista. Así, en 1940 es delatado y detenido: «me detienen en Francia, por comunista –no lo he sido nunca por la vieja raigambre liberal–; anote las cárceles, los campos de concentración que quiera.» Durante tres años recorrerá innumerables campos de concentración. Primero –en Francia– el de Roland Garrós, del que ninguno de sus amigos es capaz de sacarle, y el de Vernet, donde ocupa por la noche el lugar que esa misma mañana ha dejado el húngaro Koestler. A mediados de 1941, gracias a sus contactos, se ve libre y con el cargo de agregado de prensa del Gobierno de México en el consulado de Marsella, creado al efecto; trabaja en los primeros brotes de la resistencia francesa y en la gestión de visados para los exiliados españoles. Pero el día de su cumpleaños, el dos de junio, por segunda vez, vuelve a ser denunciado y detenido. Vuelta a Vernet, donde permanece cuatro meses más, y a primeros de noviembre es deportado a las nuevas prisiones francesas del norte de África. «El motivo que decidió “mi internación” –escribiría– fue el haber encontrado sobre mi mesa una carta de Don Juan Negrín, referente a la edición de clásicos españoles que íbamos entonces a emprender con la editorial Gallimard.» Durante nueve meses sufre humillaciones y vejaciones en el campo de Djelfa, en calidad de esclavo para el tendido ferroviario de Argelia. En 1942, «el cónsul de México, en complicidad insospechada con un jefe de la policía», logra sacarle de allí. Aub se dirige a Casablanca con la intención de zarpar para el Nuevo Mundo, pero en Oxuda, ciudad fronteriza entre Marruecos y Argelia, ante una nueva denuncia por comunista, es retenido unas horas y pierde el barco que le tenía que trasladar a Estados Unidos (contaba con un visado que le había proporcionado en Francia, antes de su deportación, John Dos Passos). Tendrá que refugiarse durante tres meses en una maternidad hasta conseguir embarcar.

Finalmente, el uno de octubre de 1942, pisa México. Traumatizado por la guerra española y los campos de concentración, el resto de su obra girará esencialmente en torno a esa temática. Su gran sentido del humor irá desde entonces acompañado por el mal humor, que le termina produciendo una úlcera; a partir de 1945 ingerirá, hasta su muerte, cien gramos de leche cada hora. Debido a la lentitud de la burocracia, su familia tiene que permanecer en Europa cuatro años más. Pronto se adapta a su nueva vida. Se dedicará al periodismo, a la docencia y especialmente a los guiones de cine. Continúa escribiendo sin parar: teatro, poesía, prosa de ficción, ensayo... Sus amigos mexicanos le apodarán Max Aún. A pesar del exilio, la vida le vuelve a sonreír. Estrena en el teatro más celebre de México, el Virginia Fábregas, La vida conyugal, siendo el primer español en pisar la escena mexicana. Al poco tiempo es nombrado secretario de la Comisión Nacional de Cinematografía, pero años después, desencantado, abandona temporalmente la industria cinematográfica y trabaja en empresas editoriales con Giner de los Ríos y Díez Canedo. Crea la revista de literatura Sala de Espera: todas y cada una de las páginas de sus treintas números las escribirá él mismo.

A principios de los cincuenta vuelve a ser acusado de comunista y esta vez interviene en su favor hasta el mismísimo presidente de México. Solicita la nacionalización mexicana. «Escritor español y ciudadano mexicano –escribirá–, me hice hablando un idioma extranjero que resultó ser el mío.» En 1956 visita Europa (Inglaterra, Francia y Suiza). Se convierte en un asiduo en el jurado del Festival de Cannes. A finales de esa década muere su padre en Valencia, a cuyo entierro no puede asistir por serle denegada la entrada a España.

A pesar de ciertos achaques, la siguiente década será de una actividad frenética. Publica sin cesar, retoma sus proyectos editoriales y participa en los jurados de importantes premios de cine y literatura. Su novela Jusep Torres Campalans es traducida al francés, al sueco, al inglés y al alemán. Es nombrado director de los Servicios Coordinados de la Radio, Televisión y Grabaciones de la UNAM. Viaja como conferenciante o visita Inglaterra, Grecia, Estados Unidos, Canadá, Francia, Italia, Alemania, Checoslovaquia, Austria, Israel, Cuba.

Pero el acceso a España se le sigue denegando hasta 1969. Entonces visita Madrid, Barcelona y Valencia, de cuya universidad recupera parte de la biblioteca personal que le había sido confiscada durante la guerra civil. Comprueba que España no es ya lo que él pensaba y que su obra y persona son completamente ignoradas por la intelectualidad. «He venido pero no he vuelto», dirá. De esta experiencia nacerá La gallina ciega, diario español, agudo y agrio testimonio de la España de la época.

Vuelve a México con la salud muy deteriorada y con el ánimo bajo. Exiliado perpetuo, absorbido mentalmente por un país que lo ignora y al que ha dedicado casi toda su inmensa obra, hace un último viaje a la que un día fuera su patria.

Regresa a México el 19 de julio y tres días después muere en su domicilio de un infarto. Su última voluntad fue ser enterrado en el panteón español con una lápida sencilla y sin epitafios. Dicen que en caso de tener que escoger uno, dejó éste: «Lo tuvo todo, lo pudo todo, pero no más de lo que él quería, no pudo más que lo que hacía. Y eso lo decía con una especie de sentimiento de derrota.»

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Max Aub. Max Aub